Por orden, edificio del Banco Gijón,  vistas del Luanco antiguo con la fábrica Cabo de Peñas y la fábrica de Pesquerías. (I. P. / T. C./ J. G. B.)

LA IDENTIDAD LUANQUINA 

AHOGADA POR LOS ESCOMBROS

Más de 20 edificios característicos de la villa fueron derribados en el

último medio siglo, como el Palacio de Peñalba o las fábricas conserveras

Marzo 2016 / Gozón

PAULA FERNÁNDEZ (Luanco)

 

Sus paredes fueron testigos de muchos acontecimientos importantes de Luanco en tiempos pasados, pero de ellos ya no queda nada. Más de una veintena de edificios característicos de la villa marinera acabaron reducidos a escombros en el último medio siglo y con ellos se perdió parte de la identidad luanquina. Uno de los casos más llamativos, por el lugar donde estuvo ubicado, a la orilla de La Ribera, fue el derribo del Palacio de la familia Peñalba, en mayo de 1967. «Era un edificio muy presente en la historia del pueblo, deteriorado pero con valores arquitectónicos e históricos muy concretos. Blasones en la fachada, una gran escalinata barroca...», describe Ignacio Pando García-Pumarino, historiador local, quien hace un repaso del patrimonio perdido. Una década después corrió la misma suerte la conocida como «Casa de La Pituta», en la calle San Juan. «Se trataba del antiguo solar de la familia González Villar, aunque muy reformada, aún mantenía el escudo de armas que desapareció en el derribo», detalló Pando García-Pumarino.

 

La «Casa de Cavanilles o Vereterra», en La Riba, corrió igual suerte. Y aunque no poseía un valor arquitectónico especial, era representativa de la transformación de las antiguas casas de la villa que pasaron a ser residencia de verano en la segunda mitad del siglo XIX. «Lo peor es el edificio que surgió de sus ruinas», juzga Pando García-Pumarino. La casa de la Sociedad Círculo de Luanco, en la misma calle, también se derribó entonces. «Conservaba la estructura y decoración de interiores que como tal asociación de índole burgués había tenido». La demolición de este inmueble se produjo, al parecer, porque «la sociedad había desparecido y no cumplía con ningún papel. Por tanto, no cuestiono tanto la desaparición física del edificio, como el nuevo que se construyó, sin ningún respeto a la calle en que se asomaba, y con el agravante de haber eliminado las tradicionales galerías de su fachada trasera, lo que supuso un deterioro visual de la parte más importante del paisaje urbano de Luanco», recalca Pando García-Pumarino. Más de lo mismo ocurrió con la casa conocida por el nombre de «El Infernillo», en la calle Alejandro Artime.

 

El edificio del Banco de Gijón, obra de Manuel del Busto que data de 1934, fue un símbolo de la idiosincrasia luanquina hasta el punto de que era imagen de muchas postales de la época. Sin embargo, desapareció en 1974 (40 años después) para dar paso a un bloque de pisos nuevo.

 

Ya en los años 80 y 90, el chalé de los Azpiri, que estaba ubicado en la esquina entre la calle García Morán y la avenida del Gayo, se derribó para que esa zona albergase el actual polideportivo Jenaro Fernández Diego. 

 

Luanco perdió parte de su memoria como pueblo marinero cuando tiraron abajo la fábrica de Pesquerías Asturianas SA, en marzo de 1986. Este inmueble había sido levantado entre 1917 y 1918, según los planos del arquitecto Sánchez del Vallado. Solo tres años después, otra industria conservera, la de Cabo de Peñas, desapareció para siempre. En este caso, a pesar de que la fachada de la empresa se construyó en los años 20, detrás de ella había naves del siglo XIX. El declive del sector pesquero se hizo latente con la pérdida de estas dos conserveras. «El derribo de la de Cabo de Peñas estaba dentro de una operación urbanística en la que desapareció también la Casa de Los Viña, aledaña, en teoría protegida, pero cuya protección desapareció de la noche a la mañana. El conjunto, con la Casa de los Mori, formaba una plaza peculiar del pueblo, que dejó lugar a un espectral edificio que masificó el centro de Luanco», valora Pando García-Pumarino.

Trasera y delantera del Palacio de Peñalba. (A. FERNÁNDEZ)

Arrancando los 90, se derribó la casa de Nicolás de la Pola en octubre, en la calle Mariano Suarez Pola. Era un inmueble «del siglo XVIII con importantes transformaciones del XIX». A finales de esa década, remodelaron la Casa Hospital de San Juan Bautista, sita en la calle San Juan. «Quedaron sus cuatro paredes maestras. En estas obras se pierde la peculiar pared cubierta de tejas que daba a la calle San Juan, todo el interior con carpinterías del siglo XVII y XVIII. Se reintegran algunos elementos como el corredor, que sustituye fielmente al original. También las contraventanas del siglo XVII, que finalmente fueron donadas por sus actuales propietarios al Ayuntamiento. Este edificio estaría dentro de los que pudiéramos considerar mutilados, con unas necesidades de ventilación que justifican las “mil y una chimeneas” que emergen sobre su tejado», argumenta Pando García-Pumarino.

 

DESMANES CON EL CAMBIO DE SIGLO

En la última década del siglo XX, hubo «atrocidades» con la arquitectura típica luanquina. Como ejemplos, las casas de los Masaveu, en la calle Alejandro Artime; las que estaban en la plaza La Baragaña, o la vivienda natal de los González Blanco, «de la que no quedaron ni las paredes. Otras dos, una con corredor alto y otra con una solución en galerías neogóticas, ambas estructuras sobrepuestas sobre edificios del XVIII, de los que no quedó absolutamente nada. Es cierto que se intentó mimetizar la estructura neogótica, que al menos es algo», añade Pando García-Pumarino. La remodelación del instituto Santísimo Cristo del Socorro también se podría considerar como una aberración en este sentido, que se ejecutó entre el 90 y 92. Lo mismo con la que estaba en el puerto del Gayo, en la ensenada del Corral, donde derribaron parte del murallón del muelle. Ya en el siglo presente, como apuntes, están el chalé de Verdú, ubicado en primera línea de playa; así como la casa de La Güeyina y la de al lado, «borradas literalmente, ambas con el acuerdo de instancias locales y provinciales», atestigua el historiador y añade otros ejemplos recientes como la casa con galerías neogóticas de la Plaza del Reloj. 

A fuerza de derribos, sal y memoria

por IGNACIO PANDO GARCÍA-PUMARINO (Historiador de Gozón)

Luanco no ha sido un pueblo monumental con un patrimonio arquitectónico de primer orden, en el sentido admitido del término. Dada la carencia de un amplio número de edificios excepcionales, pensamos que se debería haber preservado la volumetría tradicional, con casas de poca altura, conservando espacios verdes y forma de construcción características que permitían la lectura de las diferentes formas de vida que se fueron sucediendo y, en muchos casos, coexistiendo. Ni el Ayuntamiento, ni mucho menos el Servicio de Patrimonio del Principado, han sabido actuar en el sentido de preservar el espíritu multisecular. La especulación ha tenido mucho más poder. Y no se trataba de mantener un pueblo con un caserío ruinoso y anclado en el pasado. Se podrían arbitrar medidas para la correcta intervención, que no eximieran la construcción de nuevos edificios en consonancia con los existentes, y no pensar que tan solo la calle de La Riba y la fachada marítima era lo único digno de conservarse. Aunque tampoco en ese caso lo hicieron.

 

En muchas ocasiones, uno se queda con la sensación de que la burocracia y el centralismo son culpables de muchos aspectos de esta situación. No se siente, ni se conoce lo mismo el valor de un edificio, en el conjunto en que está inserto, desde un despacho de Oviedo. La aplicación de la norma debe necesitar un especial conocimiento del medio y su historia, y no dejar en manos de la administración local la toma de decisión, cuando ésta ya ha demostrado su incapacidad.

Incluso se puede admitir que la norma se puede aplicar con muchos matices, con diferentes intensidades. En las últimas décadas hubo actuaciones lesivas, que han desvirtuado en gran medida la esencia del pueblo, y con ellas han desaparecido muchos de los potenciales reclamos para el visitante. La norma deduzco yo que se interpreta pues, pero, ¿quién traza la frontera? Si preguntas a Patrimonio provincial, la administración local es responsable de tales decisiones; la pregunta al contrario, el Ayuntamiento sería el soberano. Yo solo sé que no sé qué pensar. Confío en los aires de cambio que ya se intuyen, en nuestro Ayuntamiento de Gozón al menos. 

Casa de Ignacio Cavanilles y Casa Vereterra. (I. P. / T. C.)

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