Las hermanas Moulay-Ahmed Sidibrahim inmortilizaron el momento con una cámara. (L. VENTURA)

LA CORRESPONSAL QUE VINO DE ÁFRICA

Las cámaras y los smartphones sirvieron de nexo

entre la delegación saharaui y las familias de acogida

Agosto 2016 / Comarca
LORENA VENTURA (Avilés)


Están separados por una frontera cultural, idiomática y económica pero la tecnología sirvió de nexo. Es lo que se pudo observar desde un primer momento en el centro cívico deportivo Los Canapés (Avilés) durante la recepción y entrega de 250 niños y niñas del Sáhara a sus familias de acogida, el 7 de julio, dentro del proyecto «Vacaciones en paz» (siete de ellos residirán en Carreño y Gozón). Varios ejemplos fueron muestra latente de esto. Con una sala a reventar, un hombre de mediana edad se afanaba para mostrar a su «hijo» las aplicaciones de su smartphone. Y después de la emoción del encuentro, una corresponsal venida de África, Hayat Moulay-Ahmed Sidibrahim, no dudó en qué botones apretar de una cámara de fotos para inmortalizar los abrazos y besos inherentes a la felicidad.


La niña está pasando el verano, hasta el 6 de setiembre, en Cudillero con el matrimonio formado por Regla Albuerne Marqués y Ángel Antonio Llana Pérez. Su hermana gemela, Tanyah, comparte días de playa con Alejandro Huerta, Montse Junquera y la hija de ambos, Nora. La inquieta candasina, de diez años, ya sabía a qué iba a jugar con su hermana del Sáhara. Lo primero al Monopoly. Y una vez acortadas las distancias se lanzarían a cantar y bailar los temas de moda como «Sofía» de Álvaro Soler. Una vez en Carreño, Tanyah volvió a tirar de tecnología.  Desde el minuto uno, supo sacar al tiempo de ocio un espacio para llamar a sus padres a través WhatsApp.


Ambas poblaciones, Candás y Cudillero, vuelven a relacionarse por algo más que la novela de «José» de Palacio Valdés. Coincide que las dos familias son novatas en participar en esta iniciativa y se decidieron gracias a un artículo de prensa. «Mi hija llevaba mucho tiempo pidiendo un hermano y yo ya tenía ganas de sumarme a este proyecto desde hace tiempo. Leímos en un periódico que hacían falta familias de acogida y aparecían los números de teléfono a los que llamar. Me dije para mí “a por ello”. Ahora o nunca», explicó Montse Junquera.

 

Los participantes comentaron, entre risas, ejemplos del choque cultural. «El primer día ya disfrutó de la playa de Aguilar, lloviendo y todo como estaba. Íbamos simplemente a enseñársela y se me metió vestida a la mar. Y yo sin toalla, ni nada de nada», relata Regla Albuerne

La gastronomía no supone un conflicto, más allá de descartar del menú la carne de cerdo. «Todo les encanta. Especialmente la fruta. En general comen muy bien. Les gusta probar de todo, aunque siempre respetando la religión. La fabada, por ejemplo, la haces igual pero quitando el compango», explica Mariví Ribado, una madre «postiza» con tablas.


Las familias con más experiencia también tienen su anecdotario particular. «El primer año, lo primero fue el ascensor. Nosotros lo vemos tan habitual, pero ella pensaría, ¿dónde me vas a meter? No entiende por qué se mete en aquella puerta y aparece arriba. Le tuve que llevar a Los Fresnos de Gijón, que tiene un ascensor transparente, para que comprendiese el concepto», recuerda Ribado, quien también habla de la «magia» de los interruptores de la luz y la alegría de los pequeños por la abundancia de agua.

 

SUMARSE AL PROYECTO

La mujer, que reside en Candás, anima a más personas a sumarse al proyecto auspiciado por la Asociación Asturiana de Solidaridad con el Pueblo Saharaui. «Aportan un montón de cosas. Todo es aprender de ellos. Te dan unas lecciones impresionantes. Pero hay que tener muy claro que son niños que tienen su familia y son muy queridos. No llegan aquí porque estén en familias desestructuradas. Vienen aquí para hacer una revisión médica, salir de aquel calor tan atroz que hace… Nosotros no tenemos ningún derecho a intentar quedarnos con ellos».

Montse Junquera abraza a Tanyah, mientras Nora sonríe. (L. V.)

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