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Dacal regresó a la iglesia a recuperar sus guantes, pero ya no estaban. (TAREK HALABI)

EL MISTERIO DE LOS GUANTES DE DACAL

El púgil desconoce el paradero de la prenda que ofreció al Cristo de Candás como exvoto hace 30 años

Mayo 2018 / Deportes

NADIA HEVIA (Candás)

 

Poco queda por conocer de la vida de Enrique Rodríguez Cal. O lo que es lo mismo, Dacal. Dacal II, el boxeador candasín que consiguió la primera medalla olímpica para el equipo español en esta disciplina y la única en los Juegos Olímpicos de Munich ’72. Pero hay algo de misterio en su vida: unos guantes que ofreció al Cristo de Candás y que «desaparecieron».

 

Él nunca lo ha hecho público y eso que fue hace muchos años. Tantos que casi no lo recuerda. Se acercaban las Olimpiadas de Barcelona ’92 y su hijo había seguido sus pasos. «Le ofrecí unos guantes al Cristo si llegaba a participar en los juegos y fue seleccionado para entrenar con el equipo nacional». Finalmente, no pudo ser «porque, aunque tenía culidades, no aguantó las concentraciones y el estar lejos de casa y de la familia». Pero él cumplió su promesa. Dacal depositó los guantes ante la venerada figura. Unos guantes con los que había disputado un campeonato europeo en la localidad italiana de Génova.


Era la primera vez que lo hacía y allí compartió hueco con «unas botas de “Quini” (Enrique Castro) y una pala de Herminio (Menéndez)». Pese a que de muy pequeño se trasladó a Avilés por motivos laborales de su padre, «toda mi familia era de Candás, somos de Los Peruchos. Mi madre le hacía muchas promesas al Cristo». Años después, el púgil volvió al Cristo y… «los guantes ya no estaban». Ni las botas, ni la pala. Ante tal sorpresa, «pregunté en la iglesia», recuerda Dacal, quien obtuvo por respuesta un «seguramente los habrá recogido el párroco y los tendrá amontonados en algún cuarto». Y con eso se fue. «No me preocupé más del tema», reconoce.
 

A día de hoy, los guantes aún están en «paradero desconocido». El boxeador jamás pensó en que «alguien los hubiese robado» y aceptó la versión que le dieron entonces. Quizás hoy sigan almacenados en algún recoveco del templo candasín. Y eso que Dacal, avilesino de adopción, no ha cejado en sus visitas a la villa que lo vio nacer. Ahora, casi 40 años después, echa la vista atrás a su carrera, a cómo su hermano Avelino Rodríguel Cal, Dacal I, le inició en esto del boxeo. «Empecé con catorce años a entrenar y enseguida fui campeón de Asturias, de España…». 

 

Llegó el reclamo desde Madrid para hacer las pruebas para el equipo nacional. Con 20 años, ya estaba en las Olimpiadas de Munich ’72, donde ganó la medalla de bronce, el primer español en lograrla en este deporte. Ese fue su momento más dulce. «No hay día más feliz para cualquier deportista», reconoce. Verse en el podio, «con la bandera de tu país», es algo que nunca olvidará. 

 

DE LA GLORIA 

A LA ELIMINACIÓN

El momento más triste de su carrera deportiva ocurrió solo cuatro años después, en los Juegos Olímpicos de Montreal ’76, donde cayó eliminado a las primeras de cambio. Dacal ejerció entonces de abanderado del equipo español. «Estaba convencidísimo de ganar porque ya tenía más experiencia», señala. Pero en el primer combate «se me rompió la ceja». Y no pudo continuar.

 

Hoy, cercano a los 70, Dacal ha dejado un poco de lado un deporte del que asegura que, por aquel entonces, «era el segundo en popularidad en España». Ahora, dice, «hay muchos niños y muchas mujeres en los gimnasios que lo practican como deporte, como disciplina, porque viene muy bien», pero no a nivel profesional. El boxeo en España, lamenta, «no es lo que era por entonces. Ya no hay figuras de primer nivel».

 

El púgil candasín se ha alejado del boxeo para abrazar el atletismo. «Soy un corredor de carreras populares», dice orgulloso. Participa en todas las que puede a lo largo de la región. Aunque reconoce que, de vez en cuando «voy a alguna velada y hago un poco de saco y comba» en gimnasios de amigos y conocidos que no olvidan lo que fue para el boxeo en España. Algo que logró «gracias a la lucha, a entrenar y a la constancia», aunque no olvida que «siempre hay que tener un poco de suerte».

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