«Fon» Heres y «Fredy» Campelo, a las puertas del Marsol. (L. VENTURA)

«Fon» Heres y «Fredy» Campelo, a las puertas del Marsol. (L. VENTURA)

LOS REYES DE LA CABINA

Fredy Campelo y «Fon» Heres echan la vista atrás para recordar las sesiones de los 80 y 90 en las discotecas de la comarca de Peñes

29/07/2022 / El Espigón

NADIA HEVIA (Candás)

Estar en tu habitación de noche siendo un adolescente y que en el pub de abajo suene música discotequera, marca. Eso fue lo que le pasó al candasín Alfredo Campelo, «Fredy», quien recuerda a la perfección cómo sonaban entonces, una y otra vez, las canciones del mítico grupo Boney M. en el «Taninos». Ese fue, casi con seguridad, el origen de la pasión por los platos que aún conserva a día de hoy. «Mi hermano y yo empezamos a comprar discos de todos los estilos», señala Campelo, a quien le llegó la primera gran oportunidad como pinchadiscos a los 19 años. Pese a haber hecho algunos pinitos en diferentes pubs de Candás, fue su llegada a la discoteca «Marsol» la que supuso un antes y un después. «Juan, el pincha de entonces, tuvo que operarse y empecé yo», recuerda. 

Corría en final de los años 80 y el principio de los 90 y en el local candasín sonaba, sobretodo, pop inglés y español. Desde Modern Talking y Pink Floyd hasta La Unión o Radio Futura hacían mover el esqueleto a los cientos de personas que cada fin de semana se daban cita en la villa y que «llegaban en autocares desde toda Asturias». 

 

Aquella época no tiene nada que ver con la actual. Marsol, Zappin, Reflejos... Candás era un referente de la música discotequera «y había un gran ambiente», dice con nostalgia «Fredy», quien considera que «la gente no se movía de aquí, del pueblo». Todo lo contrario que ahora, «pero lo fueron matando y no quieren jaleos», prosigue, en referencia al cierre de todos los locales de fiesta y la falta de pubs. 

 

Los chavales empezaron a finales de los 90 a coger el tren o el autobús para disfrutar de la música y el baile en Gijón o Avilés y se cerró una etapa en la que «era una pasada porque aquello se petaba los fines de semana y todas las tardes del verano», lamenta. 

La aventura del Marsol duró unos tres años, tiempo más que suficiente para que «Fredy» se diese cuenta de que «lo pasaba muy bien y no me aburría trabajando, al contrario, me prestaba lo que hacía y lo hacía con ganas». 

 

Tras cumplir con el servicio militar obligatorio, el pincha recaló en el Zappin, otro punto neurálgico de la fiesta candasina, y en otros pubs, siempre en la villa. «Era un DJ de casa», ironiza, asegurando que, pese a que tuvo ofertas para ponerse al frente de los platos en otros puntos de la región, «estaba a gusto aquí, pinchando con amigos» y disfrutando poniendo los últimos éxitos hasta que se hacía de día, «algo impensable hoy». 

 

Pero todo tiene un final «y aquello acabó enseguida», dice con tristeza. Era el año 95 y «no hice más», algo que no será porque no se lo hayan pedido. A sus 52 años trabaja en el sector de la seguridad, pero mantiene el gusanillo por la música. Desde aquellos acordes de Boney M. retumbando en su habitación hasta hoy, acumula ya más de 2.000 vinilos. Además, son muchos los que le piden que vuelva para promover un «revival» de los 80 y 90 con los numerosos DJ candasinos de entonces o sea el encargado de poner música a eventos. «Andan detrás de mí, pero ya tengo una edad», asegura. «Fredy» es de la vieja escuela, la de «pinchar con platos y mesa y tirar millas, no hacer una sesión con ordenador». Quién sabe si, la insistencia, logrará que el candasín vuelva a hacer mover el esqueleto a las nuevas generaciones. 

29/07/2022 / El Espigón

NADIA HEVIA (Luanco)

Era  «un guajín» cuando le regalaron un tocadiscos y un radiocasete y montó su «propio estudio». «Grababa las canciones de la radio y las ponía en los altavoces que colocaba en la ventana», recuerda Alfonso Heres, «Fon», en un tiempo en el que ya empezó con su colección de discos. Y, con solo trece años, este luanquín que ahora cuenta ya con 59 primaveras empezó su andadura como DJ en el antiguo Valpa Club, pinchando en banquetes, como el de la boda de un hermano del mítico jugador de fútbol «Quini». 

 

«Me adelanté al tiempo», reconoce. Así, corría el año 76 y, aunque seguía yendo al colegio, «Fon» aprovechaba el fin de semana «para ganar unes perruques» amenizan- do la sesión vermú del local durante tres años que, asegura, «fueron increíbles». Después, el salto a Valparaíso, donde la pista se llenaba «más que nada de veraneantes». De aquella, las sesiones eran de madrugada así que «me dormía y me levantaba a las cuatro de la madrugada para ir a pinchar». 

 

«Fon» era eso que suele llamarse «culo inquieto» y compaginó durante tres años el pinchar música con los estudios para sacar el Graduado Escolar, su colaboración en los inicios de Radio Gozón y un trabajo en El Corte Inglés, «pero a estos no les gustaba que hicieras otras cosas». 

 

Tras su experiencia en otras salas de Luanco, en los 90 recaló en la discoteca Maite, a la que acudían cada fin de semana jóvenes de Gijón y Avilés y a cuyas tardes de baile les regalaba «miles y miles de canciones» de pop inglés y español y techno. También había tiempo para la música lenta, «que prestaba mucho». 

 

Para los bailes «agarraos» «Fon» tenía su truco. «Preparaba una sesión entera en una cinta por si se rompían los platos», explica. Y aprovechaba ese momento de luces azules fluorescentes «donde se apagaba todo y quedaba oscurín» para darle al play y acercarse «a les mocines». 

 

Precisamente en el Maite conoció a la que es su mujer, algo que le hizo rechazar una oferta para pinchar en Alicante. «No me atreví, quién sabe cómo hubiera sido la vida», dice echando la vista atrás, pero sin ningún atisbo de arrepentimiento. 

«Fon» aterrizó después en el Reflejos, en Candás, y, luego, en Zappin, donde coincidió con «Fredy». «Me daban más dinero y me fui», reconoce, asegurando que las sesiones por entonces estaban bien pagadas. Un dinero que se sumaba al salario que recibía ya como trabajador en Alcoa. 

 

Los fines de semana de música y de fiesta llegaron a su fin a mediados de los 90. «Fon» se dio cuenta de que «no podía con todo», una decisión a la que contribuyó el hecho es «tener un crío en camino». Algo que, a día de hoy, no le hace olvidar «el ambiente espectacular en Luanco y Candás» y las colas que se formaban para bailar al ritmo de los platos del luanquín que empezó siendo un crío y que fue «de menos a más». 

«Fon» Heres, en la cabina. (F. H.)

«Fon» Heres, en la cabina. (F. H.)

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